Una de las cosas que un profesor debe aprender es a practicar la famosa tolerancia, aquella virtud que a veces no se sabe dónde encontrar. De otro lado es muy fácil de perder por cualquier razón.
El otro día, mientras entregaba un examen a mis alumnas -ya mayores, por cierto- se acercó una que me pedía que le reconsiderara un punto que no le había hecho valer. Su justificación era tonta, pero igual debía escucharla. Había cometido el error de hacer una marca junto a la alternativa que debió marcar, pero con lápiz y débilmente. Lo que daba la impresión de que no había estado segura de la respuesta, o peor aún, que lo había hecho en ese momento. En fin.
Como me negué a considerarle el punto me insistió en que debía hacerlo, usando una frase que hasta ahora resuena en mis oídos: "Yo soy evangélica, yo no miento"... ¿Perdón?
Obviamente mi reacción fue mirarla defrente intentando un "discúlpeme por lo que he dicho", pero no. Lo que obtuve fue una mirada de "así es profesora"... "créame".
Yo soy católica, aunque últimamente no he practicado mucho mi fe me considero muy católica... es ahí donde nos ganan los evangélicos protestantes.
Lo que hice fue respirar profundo y decirle: "¿sabe qué? yo soy católica y no por eso soy mentirosa". Entonces me cambió la orientación de la comunicación y me dijo: "es que profesora, de veras yo así marco mis respuestas, mire en las demás preguntas cómo he hecho"... O sea, ya olvídese de lo que dije...
No tengo nada en contra de los protestantes, pero en los últimos tiempos han despotricado en contra de mi religión, de Juan Pablo II, de la Virgen María... No es mi intención hacer de este blog un medio para defender la religión católica, pero es que no me parece que despotriquen en contra de la fe de un gran número de personas. Y aunque fueran pocas, es cuestión de dignidad.
domingo, 21 de febrero de 2010
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