domingo, 28 de octubre de 2007

¿Qué es la palabra del poeta?

En el poema "La palabra escrita" de Octavio Paz, se define el ejercicio del poeta como una continua recreación de sus pensamientos mediante el uso de las palabras. Esas palabras que aparecen escritas, muchas veces, no son las que pensó –en un primer momento– escribir. Es más, muchas veces parecen ser contradicciones de sus primeros pensamientos, como si esas palabras tuvieran vida propia y simplemente salieran, sin que puedan ser dominadas por el poeta. Como decía Neruda, las palabras glotonamente se ubican en el centro de un poema, de un texto, están ahí, saltan, suben y bajan, llegan de pronto, de improviso y se sientan "como reinitas". El tan amado Neruda.

El poeta escribe la primera palabra, pasan uno, dos, tres minutos (u horas) y no sale otra. Puedo recrear la situación de la siguiente forma: el poeta está sentado en su escritorio, ha empezado a escribir desde la mañana, está completamente concentrado en lo que escribe, está mirando su papel, por eso el verso: “tu cara en el centro del pozo, fija como un sol atónito”. Aquí, el papel se ha convertido en un pozo con agua, con lo cual, las palabras son como las piedras que van a caer al fondo del pozo. Su cara, que mira lo que escribe, es como si fuera el sol que se refleja en el agua. Todos sus sentidos, además, están volcados al momento de la creación.

El acto de creación del poeta implica un arduo trabajo, como el que se describe en este poema, pasan las horas, no hay más palabras que salgan de la cabeza a la hoja, pero sí necesidad de decir algo: “ya escrita la primera palabra... no acaba de caer la piedrecilla, mira tu cara mientras cae, cuenta la cuenta vertical de la caída”. Esa necesidad de querer expresarse se convierte en una desesperación, en un desenfado, en una angustia, el poeta se hace conciente de todo lo que le cuesta ese momento de inspiración. Como no ha caído la piedrecilla al pozo –es decir, la palabra a la hoja– sólo le queda contemplarse en el agua hasta que caiga una.

Esa palabra que viene en camino, además, debe guardar relación con la anterior, con la que ya está en el papel: “abajo”, la que sostiene la mirada del poeta, su cabeza, el sol y el tiempo. Es decir, esa palabra se convierte en el límite entre el poeta, el tiempo, el sol y el abismo, aquello que no pertenece a lo que el poeta ha pensado, lo oscuro y que no tiene ninguna consistencia.

Nada cambia alrededor, todo sigue en su lugar: “el sol sigue sobre las mismas aguas”, sólo se ha pasado el tiempo: “el sol se ha dispersado”, ha caído la tarde. Su rostro sigue siendo el mismo, aunque un poco cansado; el rostro de su creación: el papel, sigue siendo el mismo. Ya está la palabra escrita sobre el papel, ya no hay más, sólo las que se han escrito allí, las de la cuenta. Lo que es totalmente lógico, teniendo en cuenta la rima y la métrica del poema: siempre hay un número determinado de palabras y sílabas, además de la cantidad de palabras necesarias para expresar lo que se quiere.

El trompo

Das y das vueltas
pero de pronto...
pierdes el equilibrio y te caes
sin que tú solo te puedas levantar
quien te hace girar te deja
hasta que solo te vuelve a tomar...
Así es la vida siniestra
si no eres firme te caes
y si demasiado cuidado tienes,
tanto equilibrio te puede cansar